Nos
encontramos con Manuel Chaves Nogales en Montrouge, Seine, donde se halla
refugiado debido a la situación política que se está viviendo al otro lado de
los Pirineos, en su nación de origen. A continuación, le preguntamos sobre las
tensiones vividas, su experiencia en estos meses de guerra y su visión del
futuro.
¿Cómo vivía su trabajo antes de la guerra?
Yo era eso
que los sociólogos llaman un «pequeñoburgués liberal», ciudadano de una república
democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria
regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia
terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de
producción y de cambio —como dicen los marxistas—, ganaba mi pan y mi libertad
con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos,
reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de
avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los
grandes temas de nuestro tiempo. Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que
los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de
ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda.
Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo
la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores
morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente
un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de
elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal,
ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Si, como me ocurría a
veces, el capitalismo no prestaba de buen grado sus grandes rotativas y sus
toneladas de papel para que yo dijese lo que quería decir, me resignaba a
decirlo en el café, en la mesa de la redacción o en la humilde tribuna de un
ateneo provinciano, sin el temor de que nadie viniese a ponerme la mano en la
boca y sin miedo a policías que me encarcelasen, ni a encamisados que me
hiciesen purgar atrozmente mis errores. Antifascista y antirrevolucionario por
temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las
grandes conmociones y aguar daba trabajando, confiado en el curso fatal de las
leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha
parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. En realidad,
y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima
que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la
anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un
odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural
al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado
contra el Espíritu Santo. Pero la estupidez y la crueldad se enseñoreaban de
España.
¿Cómo diría que se inició el contagio de
ideologías que acabó dando lugar a la Guerra?
¿Por dónde
empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese
gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y
Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el
desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente. Después de tres siglos
de barbecho, la tierra feraz de España hizo pavorosamente prolífica la semilla
de la estupidez y la crueldad ancestrales. Es vano el intento de señalar los
focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en
esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que
reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica
profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España.
¿Cómo vivió el estallido del Alzamiento, antes
y después?
De mi
pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por
insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado
por los unos y por los otros. Me consta por confidencias fidedignas que, aun
antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había
tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como
una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo
de la revolución social, sin perjuicio de que los revolucionarios, anarquistas
y comunistas, considerasen por su parte que yo era perfectamente fusilable.
Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber
profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres,
desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se
atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni
tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno
régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo
había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y
conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta
contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado, y me comprometí
únicamente a defender la causa del pueblo contra el fas cismo y los militares
sublevados. Me convertí en el «camarada director», y puedo decir que durante
los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico
gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana,
nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de
«pequeñoburgués liberal», de la que no renegué jamás. Vi entonces convertirse
en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a
muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo. Hombro
a hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo
con el arma de mi oficio. No me acusa la conciencia de ninguna apostasía.
Cuando no estuve conforme con ellos, me dejaron ir en paz.
¿En qué momento decidió que era mejor
abandonar el país?
Me fui
cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada
que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba.
¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas
de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones
de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la
barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange,
que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas. Los «espíritus fuertes»
dirán seguramente que esta repugnancia por la humana carnicería es un
sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar
a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a
la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, yo
he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos.
Para un español quizá sea éste un lujo excesivo. Se paga caro, desde luego. El
precio, hoy por hoy, es la Patria. Pero, la verdad, entre ser una especie de
abisinio desteñido, que es a lo que le condena a uno el general Franco, o un
kirguís de Occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible
meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte
habitable de mundo que nos queda, aun a sabiendas de que en esta época de
estrechos y egoístas nacionalismos el exiliado, el sin patria, es en todas
partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de
humildad y servidumbre su existencia. De cualquier modo, soporto mejor la
servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa. Cuando el gobierno de la
República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una
hora antes, ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República
Española no me obligaba a más ni a menos. El poder que el gobierno legítimo
dejaba abandonado en las trincheras de los arrabales de Madrid lo recogieron
los hombres que se quedaron defendiendo heroicamente aquellas trincheras. De
ellos, si vencen, o de sus vencedores, si sucumben, es el porvenir de España.
¿Cómo cree que terminará todo este
enfrentamiento?
El
resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran
cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las
trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final
ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo
entre los dientes —según la imagen clásica— va a mantener en servidumbre a los
celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado.
Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con
su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A ésos,
a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida. No va a salir
tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de
la lucha. Mucho menos hay que pensar en que las aguas vuelvan a remontar la corriente
y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes monárquicos o
republicanos a quienes mató civilmente la guerra. El hombre que encarnará la
España superviviente surgirá merced a esa terrible e ininteligente selección de
la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo?
¿Blanco? Es indiferente. Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir,
tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene
clavado en un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y a
matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende. Viniendo
de un campo o de otro, de uno u otro lado de la trinchera, llegará más tarde o
más temprano a la única fórmula concebible de subsistencia, la de organizar un
Estado en el que sea posible la humana convivencia entre los ciudadanos de
diversas ideas y la normal relación con demás Estados, que es precisamente a lo
que se nie an hoy unánimemente con estupidez y crueldad ilimitadas los que
están combatiendo. No habrá más que una diferencia, un matiz. El de que el
nuevo Estado español cuente con la confianza de un grupo de potencias europeas
y sea sencillamente tolerado por otro, o viceversa. No habrá más. Ni colonia
fascista ni avanzada del comunismo. Ni tiranía aristocrática ni dictadura del
proletariado. En lo interior, un gobierno dictatorial que con las armas en la
mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin
rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra. Rojo o
blanco, capitán del ejército o comisario político, fascista o comunista,
probablemente ninguna de las dos cosas, o ambas a la vez, el cómitre que nos
hará remar a latigazos hasta salir de esta galerna ha de ser igualmente cruel e
inhumano. En lo exterior, un Estado fuerte, colocado bajo la protección de unas
naciones y la vigilancia de otras. Que sean éstas o aquéllas, esta mínima cosa
que se decidirá al fin en torno a una mesa y que dependerá en gran parte de la
inteligencia de los negociadores, habrá costado a España más de medio millón de
muertos. Podía haber sido más barato. Cuando llegué a esta conclusión abandoné
mi puesto en la lucha. Hombre de un solo oficio, anduve errante por la España
gubernamental confundido con aquellas masas de pobres gentes arrancadas de su
hogar y su labor por el ventarrón de la guerra. Me expatrié cuando me convencí
de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España.
¿Adónde le llevó su huida?
Caí,
naturalmente, en un arrabal de París, que es donde caen todos los residuos de
humanidad que la monstruosa edificación de los Estados totalitarios va dejando.
Aquí, en este hotelito humilde de un arrabal parisiense, viven mal y esperan a
morirse los más diversos especímenes de la vieja Europa: popes rusos, judíos
alemanes, revolucionarios italianos..., gente toda con un aire triste y un
carácter agrio que se afana por conseguir lo inasequible: una patria de
elección, una nueva ciudadanía. No quiero sumarme a esta legión triste de los
«desarraigados» y, aunque sienta como una afrenta el hecho de ser español, me
esfuerzo en mantener una ciudadanía española puramente espiritual, de la que ni
blancos ni rojos puedan desposeerme. Para librarme de esta congoja de la
expatriación y ganar mi vida, me he puesto otra vez a escribir y poco a poco he
ido tomando el gusto de nuevo a mi viejo oficio de narrador. España y la
guerra, tan próximas, tan actuales, tan en carne viva, tienen para mí desde
este rincón de París el sentido de una pura evocación.
¿A qué se dedica actualmente?
Cuento lo
que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces
los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se
alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se
me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería
que hiciesen ni dijesen. Luchando con ellos y conmigo mismo por permanecer
distante, ajeno, imparcial, escribo estos relatos de la guerra y la revolución
que presuntuosamente hubiese querido colocar sub specie æternitatis. No creo
haberlo conseguido. Y quizá sea mejor así.
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